dijous, 23 de març de 2017

DE PERROS Y PERSONAS

DE PERROS Y PERSONAS
O todo el mundo es bueno hasta que se demuestra lo contrario

Estaba yo paseando con Piula y Nino, sabia experimentada ella, un alboroto atronador él, y con eso que cavilaba sobre aquello tan manido del amor de los animales. Y yo, en mis trece, que no, que los animales, los perros, no quieren, al menos no como los humanos.
No, amor es una palabra que queja coja; un mal eufemismo con que los humanos, impotentes, queremos disimular este fino y atávico hilo de plata que une a un animal de compañía, acompañante, con su acompañador.

Hablo de un sentimiento ya perdido en el fondo de los siglos con tanto pensador y tanta religión. Hablo de un compromiso que rompe con toda frontera y que es, por supuesto absolutamente desinteresado. Ya sé que se me puede decir que un perro, en definitiva es un ser masoquista que nos soporta por un cuenco de pienso (en realidad hay quien me lo ha dicho). Pero esto es ver la cuestión con una cortedad de vista de muchas dioptrías.
Un perro, claro, quera compartir nuestra comida. Y si puede, intentará acapararla para él solo; es supervivencia. Pero su compromiso con nosotros no disminuirá ni un ápice; todo lo contrario, pacientemente aguantará que lo saquemos a las cinco de la mañana, con todo el frió de la noche de invierno; que le administremos las comidas; que lo llevemos con nosotros en un viaje en coche o, peor, que lo dejemos solo unas horas.  En otras palabras, la generosidad es su naturaleza.   






Podemos suavizarlo con palabras zalameras, pero, debemos afrontar que flaco favor nos hizo la naturaleza dotándonos con intelecto (a nosotros, que no tenemos fuerza, ni agilidad, ni velocidad, solo nos queda el intelecto para ser candidatos a la supervivencia como especie). Un flaco favor pues se olvidó de cortar unos (indeseados) estímulos para la supervivencia degenerando en codicia, avaricia, soberbia, egoísmo y así la gran obra de la naturaleza se ha pervertido en un ser arrogante, individualista (lo contrario que los perros), cretino e hipócrita —sobre todo hipócrita—.

Aprenderé de Piula, de Nino: no más codicia, soberbia y sobre todo no más hipocresía.  Al César lo que es del César;  yo, como un perro, unido en intima simbiosis a mi gente, a mi familia atávica y a la naturaleza, repartiré la generosidad y paciencia (esto último va a costar… en fin) y a los demás, bambú. Eso sí, las tostadas con mermelada y zumo de naranja (grande) del sábado no me las quita ni Dios. ¿Dios?  I ahora que lo pienso ¿Quién narices es Dios?




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